Un anuncio cualquiera.

Las dos de la tarde. 39 grados en esta entrada de verano. Entrada por decir algo, ya estamos a 26 de Junio. Pienso si no es mejor morirme por el calor, o aguantar lentamente mi deshidratación, en este agobiante día. Espero el semáforo, y cruzo el paso de cebra. Nada me hace sospechar sobre mi próximo objetivo, pero allí a lo lejos, ya lo veo.

 

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Me acerco a ella, con indiferencia, como cada día. Señal de prohibido el paso de un metro veinte centímetros de alta, plantada en la acera. Giro mi cuello, y vislumbro un detalle poco usual en la misma. Observo con detenimiento, y leo asombrado. No por el contenido literario del susodicho, sino por el lugar, sin duda alguna, poco frecuente, de la colocación designada.

 

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Mientras sigo mi camino, pienso como a alguien se le ocurre colocar el anuncio allí. Cuanto desesperado se ha de estar para colocar el anuncio en un sitio digno de ignorar, que sinceramente, creo que nadie se fijaría en él. Mientras sigo mi camino, pienso que nadie debe comprar ese coche por ningún medio, y ya la desesperación empieza a ganar el pulso a la razón. Un anuncio a bolígrafo sobre un folio. Cómo antaño. Ignorando el avance de la humanidad. Igonorando las fotocopias. Ignorando las impresoras. Ignorando la maquinaria todopoderosa de la impresión. Si Gutenberg levantara la cabeza, seguro que volvería a esconderla.

 

Por otro lado, no creo que nadie se interese en comprar ese coche, del cual, lee datos escritos en bolígrafo sobre un folio, pegado en ese sitio, y presumiendo que consume 6 litros a los 100, con una escritura caótica cuanto menos, sin poder escribir siguiendo una mínima línea recta…

Mientras espero el ascensor de mi portal, acabo convenciéndome que, ese anuncio, no va a tener ningún futuro, y el dueño del anuncio, seguro que lo sabe, aunque nunca entenderá porqué.

 

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